“La escuela es para aprender, evidentemente, pero es para ser felices también; hay que ser disciplinados”.
— Claudia Sheinbaum Pardo
La frase parece sencilla, casi una obviedad, pero encierra un debate profundo sobre lo que debería ser la educación en México y lo que lamentablemente sigue siendo. La escuela, por definición, existe para garantizar aprendizajes en los estudiantes. Sin embargo, esa misión no puede cumplirse si las niñas, niños y jóvenes acuden a planteles inseguros, sin condiciones dignas, con violencia y discriminación normalizadas, o con carencias que los obligan a elegir entre estudiar o comer.
Si la escuela es para aprender —como lo dijo la presidenta—, entonces el principal indicador de su éxito no debería ser la matrícula, la asistencia o los años de escolaridad acumulados, sino el logro de aprendizajes. Y ahí es donde enfrentamos nuestro mayor desafío nacional.
De poco sirve acumular certificados, títulos o grados académicos si una persona no sabe leer un recado, redactar una solicitud sencilla o realizar operaciones básicas con números enteros y fracciones. El rezago educativo no se mide solo en años de escolaridad, sino en lo que realmente se sabe hacer con esos años.
Hoy, las mediciones oficiales —como las que elabora el CONEVAL— definen el rezago educativo con criterios como la asistencia a la escuela hasta cierta edad o el grado máximo cursado. Son definiciones técnicas, útiles para la estadística, pero incapaces de responder a la pregunta esencial: ¿acudir a la escuela asegura los aprendizajes?
La respuesta, por dura que sea, es no. En México abundan las generaciones que “pasaron” de año sin comprender lo que leían, sin desarrollar pensamiento crítico, sin herramientas para la vida. Se trata de un rezago silencioso, mucho más grave que el medido por los indicadores.
Entre la pobreza y la educación
Lo mismo ocurre con la pobreza alimentaria: preguntarle a una persona si desayunó, comió o cenó en el último día revela mucho más sobre su situación que llenar formatos estadísticos. En educación, preguntar a un joven si puede leer con fluidez, comprender un texto, resolver un problema matemático o escribir un párrafo coherente debería ser tan o más relevante que contabilizar los años que estuvo sentado en un pupitre.
La educación no puede desligarse de la pobreza, la desigualdad ni de la inseguridad. Un niño con hambre no aprende, una niña acosada no se concentra, un joven que vive con miedo difícilmente desarrolla disciplina. Elevar la educación al lugar que merece como prioridad nacional implica resolver esas condiciones de entorno. Solo así podremos hablar, en serio, de un México educador.
La disciplina, ¿imposición o autodescubrimiento?
La presidenta habló de disciplina. Pero el concepto merece matices. Desde su raíz etimológica, disciplina implica ser discípulo: aprender de alguien o de algo. Eso nos abre la posibilidad de entenderla no como obediencia ciega ni como sumisión a la autoridad, sino como el compromiso personal de volverse discípulo del ser humano que uno aspira a ser.
Formar virtudes, carácter y valores requiere referentes culturales y modelos de vida moralmente elevados, prósperos y felices. Es decir, que la disciplina no sea la imposición del uniforme impecable o el corte de cabello obligatorio —como planteó Nayib Bukele en El Salvador, en su afán de prevenir la delincuencia—, sino la decisión consciente de florecer como personas plenas.
Educar con disciplina no debería ser domesticar, sino acompañar. No debe anular la individualidad, sino potenciarla. El desarrollo pleno de la personalidad, como lo reconocen los derechos humanos, debe ser la brújula del sistema educativo.
Lo que necesitamos dejar atrás
Con el arranque del ciclo escolar 2025-2026 tenemos una oportunidad de oro. Las palabras de la presidenta pueden quedar como una frase inspiradora más o pueden convertirse en un compromiso nacional.
Para ello urge dejar atrás las visiones patrimonialistas que han tratado a las escuelas como botín político, las simulaciones que convierten a los planteles en escenografías de giras mediáticas, el saqueo de recursos destinados a lo más sagrado que tenemos: nuestras niñas, niños y jóvenes.
La escuela no puede ser set de grabación para funcionarios obsesionados con redes sociales. La escuela debe ser taller de sueños, laboratorio de aprendizajes, comunidad de felicidad y disciplina consciente.
La clave: la comprensión lectora
Entre los aprendizajes elementales, ninguno es tan determinante como la comprensión lectora. Sin ella, todo lo demás se tambalea. Comprender un texto es escuchar con los ojos; es transformar palabras en ideas, en historias, en aprendizajes que se vuelven parte de uno mismo.
Una nación incapaz de garantizar que sus ciudadanos comprendan lo que leen está condenada a la manipulación política, al estancamiento económico y a la desigualdad perpetua. Una nación que apuesta por la comprensión lectora como prioridad, en cambio, abre la puerta a la democracia real, a la movilidad social y al florecimiento humano.
Hacia una nación educadora
De eso se trata: de revolucionar nuestra visión de la escuela y de su misión trascendente. No basta con garantizar el acceso, ni con presumir cifras de matrícula. Necesitamos que cada día en la escuela se traduzca en aprendizajes reales, en felicidad posible, en disciplina auténtica.
El reto no es menor. Pero la meta lo vale: convertir a México en una nación educadora. Una nación donde cada niña, niño y joven tenga la certeza de que al cruzar la puerta de su escuela encontrará un lugar seguro, digno, estimulante; un espacio donde aprender y ser feliz al mismo tiempo.
Merecemos nada menos que eso. Merecemos una nación educadora. Que empiece septiembre, mes de la patria, haciéndose patria desde las aulas en ese tenor, 185 veces durante el ciclo. Así sea.
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