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sábado, enero 24, 2026

MASACRES EN MICHOACÁN: LA BANALIZACIÓN DE LA MUERTE

Banalizar es una palabra compleja: Cuando la escuchamos, normalmente la asociamos con «vano» o «vanidad», entendida como aquello superficial, carente de profundidad o importancia. Pensamos en lo trivial, en lo que no trasciende. Sin embargo, este primer acercamiento semántico apenas roza la superficie de un fenómeno mucho más siniestro que estamos viviendo en Michoacán.

La normalización de la violencia es ese proceso perverso mediante el cual eventos extraordinarios —que deberían sacudir nuestra conciencia colectiva— se convierten en mera estadística. Es el mecanismo psicológico de defensa que nos permite desayunar un sábado por la mañana mientras leemos sobre tres cuerpos calcinados, o seguir con nuestras rutinas mientras otra familia desaparece. La normalización es la anestesia social que nos permite funcionar en medio del horror.

¿Por qué nos enceguecemos ante la muerte? ¿Por qué, ante cada tragedia, resurge ese mantra cruel: «andaban en malos pasos»? Psicológicamente, es más fácil aceptar que las víctimas «se lo buscaron» que enfrentar la verdad aterradora: cualquiera de nosotros puede ser el siguiente. Es la ilusión de control en un contexto de caos absoluto. Si ellos murieron porque «andaban en algo», entonces yo estaré a salvo si no lo hago. Es mentira, por supuesto. Pero es reconfortante porque nos permite dormir por las noches y salir de casa dejando a nuestros hijos solos.

Profundicemos: la etimología de «banal» es muy reveladora, porque banal se refiere a toda posesión del señor feudal. Es banal un predio, una casa, un granero o una vaca. Lo banal pertenece al señor, está bajo su dominio absoluto.

Cuando la muerte se banaliza, visto así, es porque los dueños de vidas y haciendas se apropian de ella; la hacen suya.

Los delincuentes, por supuesto que se benefician del homicidio. Cada asesinato es un mensaje, cada cuerpo quemado es una advertencia.

Pero los señores feudales que viven del poder gubernamental no son muy diferentes: banalizan la muerte cuando, desde dependencias oficiales, prometen «colaboración», «abrir carpetas de investigación» o envían «condolencias». Se apropian de la muerte, hacen suyo el dolor y lo traducen en vistas, en «me gusta», en legitimidad, en humeante cortinaje para esconder sus trapacerías y apelar a la amnesia colectiva.

Justo eso es lo que está pasando en Michoacán. Este mes van al menos media docena de masacres de michoacanos. El esclarecimiento de ellas llega a cuentagotas.

El caso que nos debe indignar

El 15 de enero de 2026, Víctor Manuel Mujica Vega, Anayeli Hernández León y su hija Megan Eileen, de 12 años, fueron vistos por última vez en la colonia Ex Hacienda La Huerta en Morelia. Ambos adultos eran ampliamente conocidos por su labor como intérpretes de Lengua de Señas Mexicana.

El 17 de enero, sus cuerpos calcinados fueron encontrados en el poblado de Ucareo. Durante días, permanecieron sin identificar en el Servicio Médico Forense. Una familia completa, borrada. Quemada. Convertida en cenizas.

¿Merecían morir?

El espectáculo que opacó el dolor

Pero he aquí la perversión suprema de la banalización: el 22 de enero de 2026, apenas cinco días después del hallazgo de los cuerpos de la familia Mujica Hernández, fuerzas federales detuvieron en Apatzingán a César Alejandro Sepúlveda Arellano, alias ‘El Bótox’.

La detención del presunto responsable del asesinato de Bernardo Bravo, líder limonero, y de extorsiones sistemáticas es, sin duda, importante, pero se convirtió en el show mediático perfecto para sepultar la tragedia de los Mujica Hernández.

Ahí está la banalización en su expresión más pura: Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, dio conferencias de prensa detallando la captura. El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla se fotografió con el logro. Los titulares gritaban victoria.

Mientras tanto, Víctor, Anayeli y Megan eran tres cuerpos calcinados que no merecían prime time porque no eran «noticia vendible».

Los números que evidencian la crisis

El Plan Michoacán sigue sin brindar resultados claros. En las estadísticas, nada ha cambiado sustancialmente. Michoacán sigue en el top 10 de homicidios dolosos a nivel nacional.

Solamente en enero de 2026, van 66 homicidios dolosos reconocidos oficialmente a la fecha; pero, al menos 83 que son del dominio público. En los primeros 15 días de 2026, Michoacán encabezó la lista nacional con 4 policías asesinados.

¿En qué nos estamos convirtiendo como sociedad? ¿Por qué percibimos la muerte tan lejana cuando está tan cerca? ¿Por qué necesitamos que una víctima sea un «líder limonero» o un «alcalde» para indignarnos, pero nos encogemos de hombros ante una familia de intérpretes?

Como diría Hannah Arendt al analizar el totalitarismo y la Shoah, se está banalizando el mal. En Michoacán se está banalizando la muerte.

No es solo que matemos. Es que ya no nos duele. Es que ya no nos sorprende. Es que ya tenemos la respuesta automática: «andaban en algo». Es que necesitamos el espectáculo de la captura del villano para sentirnos seguros, aunque mañana haya otro «Bótox» y otra familia calcinada.

La banalización feudal de la muerte significa que los señores —criminales y gubernamentales por igual— se han apropiado de nuestra capacidad de indignación, de nuestro dolor y de nuestra memoria. Han convertido cada asesinato en su propiedad: los criminales la usan para aterrorizar; los gobiernos la usan para justificar presupuestos, planes y «carpetas de investigación» que nunca se cierran.

Un llamado urgente a la acción

Lo primero que se debe hacer es reconocer la realidad con la mayor honestidad posible y dejar de banalizar la muerte en la entidad.

Pero reconocer no es suficiente. Necesitamos:

Exigir justicia: El caso de Víctor, Anayeli y Megan no puede quedar impune. No puede ser una carpeta más. Necesitamos nombres de responsables, procesos y sentencias. Tenemos derecho a la verdad.

Romper el ciclo de la amnesia mediática: No permitamos que la siguiente captura espectacular borre la memoria de las víctimas.

Cuestionar la narrativa oficial: Cuando el gobierno presuma cifras a la baja, preguntemos por las 83 muertes de lo que va de enero. Cuando celebren una detención, preguntemos por las investigaciones inconclusas.

Ejercer el poder de los sin poder. Debemos de quitar los letreros de apoyo en la verdulería, como nos llamó a hacerlo Mark Carney, Primer Ministro de Canadá en su reciente intervención en el Foro de Davos, Suiza, usando la famosa anécdota de Václav Havel, activista checo en “el poder de los sin poder”.

Dignificar a cada víctima: Ni un solo «andaban en malos pasos» más. Cada persona asesinada merece justicia, jamás revictimización.

Construir memoria colectiva: Documenten. Escriban. Fotografíen. No permitan que el olvido sea cómplice del crimen.

Involucrarnos activamente: La seguridad no es solo responsabilidad del gobierno. Exijamos rendición de cuentas. Organicémonos. Dejemos de ser espectadores pasivos de nuestra propia tragedia.

Hoy, 24 de enero, es el Día Internacional de la Educación. Víctor y Anayeli eran educadores, no solamente por ser profesionistas egresados del IMCED, sino en el sentido más profundo: enseñaban a una sociedad a incluir, a escuchar y a dignificar a quienes usualmente son invisibles. Su hija Megan tenía toda una vida por delante para aprender y aportar.

Los mataron. Los quemaron. Y casi lograron que los olvidáramos en menos de una semana.

Si permitimos que eso suceda, si dejamos que «El Bótox» y sus capturas espectaculares sigan siendo más importantes que las víctimas “cotidianas”, si seguimos repitiendo «andaban en algo» para tranquilizar nuestras conciencias, entonces ya no solo estaremos banalizando la muerte:

Estaremos banalizando nuestra propia humanidad.

Y en ese momento, los señores feudales —tanto los del crimen como los del poder— habrán ganado por completo. Nos habrán convertido en sus posesiones. En cosas banales que ya no sienten, no cuestionan, ni recuerdan. Que sí votan, que sí aplauden y que sí callan.

Michoacán merece justicia, paz y desarrollo. No más silencio, olvido ni banalización.

Justicia para Víctor, Anayeli y Megan. Justicia para Michoacán.

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