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lunes, julio 22, 2024

MANDATO DE MASCULINIDAD

Fabiola AlanisUno de los muchos méritos de los trabajos de la antropóloga feminista Rita Segato es que ha enfocado el tema de la violencia de género desde una perspectiva amplia y no dogmática que resulta muy útil para comprender el fenómeno y, ulteriormente, poder enfrentarlo con éxito. Si bien es cierto que son los hombres los perpetradores de la mayor parte de los casos de este tipo de violencia, no son ellos los únicos responsables de la agresión. Se trata, antes bien, de una estructura, precisamente la estructura patriarcal la que se reproduce a través de un mandato. ¿Qué es un mandato? “La idea de mandato hace referencia aquí al imperativo y a la condición necesaria para la reproducción del género como estructura de relaciones entre posiciones marcadas por un diferencial jerárquico e instancia paradigmática de todos los otros órdenes de estatus –racial, de clase, entre naciones o regiones”.[1] Dicho con otras palabras, el impulso de la agresión y la violencia contra las mujeres no proviene esencialmente de la biología ni de la mera voluntad de los hombres sino que se origina en una estructura social. El concepto de estructura tiene una larga historia en las ciencias sociales y es utilizado, por su sentido primario de fijeza y cristalización, para referir todo aquello que no se altera con los vaivenes de la voluntad individual. El lenguaje, por ejemplo, es una estructura, y como tal no cambia: tiene una gramática (sintaxis, morfología, etc.), una semántica y una pragmática, independientemente de que el enunciado exprese una cosa u otra. La sociedad tiene también una estructura la cual está formada por las instituciones básicas como la familia, la escuela, las empresas, las reglas de propiedad, las iglesias, etcétera. Los sujetos han de ajustarse a las normas de esa estructura, aunque con sus acciones concretas las llenan de contenido y las actualizan.

Pues bien: el “ser-hombre” y el “ser-mujer” son mandatos de la estructura patriarcal, y ese mandato le impone al sujeto masculino y femenino, las reglas de conducta que ha de obedecer si quiere ser aceptado o aceptada. El no ajustarse a esas reglas se castiga de diferentes maneras dependiendo del nivel de coerción y la importancia relativa de cada estructura. El mandato de masculinidad consiste en los imperativos que ha de cumplir el hombre, el varón, para desempeñarse como tal, prácticamente desde que nace hasta que muere, pasando, claro está, por cómo ha de comportarse frente a las mujeres. Se le impone una visión que ha de tener de las mujeres, en primer término, como objetos de conquista para fines sexuales y, más tarde, para lograr la reproducción de su estirpe en los mejores términos. Se le enseña a seducir, a conquistar y a tomar a la mujer, a la manera de un territorio ganado en una guerra. Esta conflagración bélica está sancionada por los rituales, privados y públicos, que sacralizan la conquista y apropiación de las mujeres. Las fiestas de XV años, el noviazgo, la solicitud de mano, la liturgia del casamiento, la luna de miel, el embarazo, el “Baby shower”, el nacimiento de los hijos, todos esos pequeños y grandes acontecimientos son ritualizados y celebrados socialmente, pero imponen de modo muy sutil el mandato para “ser-hombre” y para “ser-mujer”. He ahí la estructura del patriarcado como la fuente de la acción del individuo, la cual, para el varón implica que ha de ser protector de la mujer y proveedor del hogar y la familia; en reciprocidad, la mujer recibe el mandato de femineidad, que implica encargarse de administrar la casa, reproducir la estirpe del varón y criar a los hijos. Como se desprende fácilmente, aquí está implicada una distribución de modos de ser: al hombre le toca ser conquistador, cazador, guerrero, audaz, osado, activo; a la mujer, en cambio, le corresponde la delicadeza, la bondad, la paciencia, el cuidado de los débiles y de los hijos; en resumen, le corresponde el lado de la sumisión.

Cuando esta estructura patriarcal recibe los embates de la modernización de la estructura económica, los roles de género se trastornan y comienzan a tener expresiones patológicas. La mujer sale a trabajar y esto la hace ganar la independencia económica y la libre individualidad subjetiva, pero la estructura familiar se trastorna sensiblemente. Al varón le han modificado de buenas a primeras el mundo para el que estuvo formado tradicionalmente y su desorientación valorativa lo puede llevar a la agresión y la violencia contra las mujeres y los hijos. Al menos como hipótesis, este argumento puede explicar algunas expresiones de violencia familiar.

El problema que no hay que descuidar es lo que sucede cuando los procesos de modernización productiva y ajuste estructural de la economía, implican la imposibilidad de que el varón cumpla con el mandato de masculinidad y ya no puede ser ni proveedor ni protector de la mujer y de la familia. En esas circunstancias el hombre es atacado directamente en su eje de flotación, en su seguridad, en su identidad más básica, y literalmente es destituido como sujeto. Cualquier respuesta patológica es esperable en estas circunstancias que son vivenciadas como una catástrofe. El cortocircuito que genera el choque entre la estructura patriarcal tradicional y la modernización productiva genera, así pues, efectos múltiples en los hombres y mujeres, efectos que es necesario comprender para que la intervención pública pueda estar coronada por el éxito.

[1] Rita Segato, Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos, Argentina, Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2003, p. 13.

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