La historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina ha estado marcada por una tensión permanente entre la cooperación y la dominación. En 1933, el presidente Franklin D. Roosevelt proclamó la Política del Buen Vecino, cuyo objetivo era abandonar las intervenciones militares directas y promover relaciones basadas, al menos formalmente, en el respeto a la soberanía de los países latinoamericanos. Esta doctrina buscaba reconstruir la confianza hemisférica tras décadas de ocupaciones militares y acciones unilaterales. Sin embargo, en el siglo XXI y particularmente durante la segunda presidencia de Donald Trump, ha emergido un enfoque que parece contradecir radicalmente ese principio, configurando lo que podría denominarse una política del “mal vecino”.
La segunda presidencia de Donald Trump ha significado un retorno explícito a una política basada en la presión, la coerción y la reafirmación de la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental. Desde su regreso al poder, su administración ha impulsado una política exterior más agresiva, marcada por intervenciones militares, amenazas territoriales y presiones económicas directas sobre diversos países.
Uno de los casos más emblemáticos es Venezuela, pudiendo ver en enero de 2026, como Estados Unidos llevó a cabo operaciones militares que culminaron con la captura del presidente Nicolás Maduro. Este hecho constituyó una intervención directa en los asuntos internos de un país soberano, evocando las prácticas intervencionistas que la Política del Buen Vecino pretendía superar. Tras la operación, el propio discurso oficial estadounidense reafirmó la idea de que el hemisferio occidental constituye un espacio bajo la influencia dominante de Estados Unidos, retomando una lógica cercana a la antigua Doctrina Monroe.
El caso de Cuba también refleja este giro confrontativo. Durante su segunda presidencia, Trump ha impuesto nuevas restricciones migratorias y reforzó las medidas de presión política y económica contra la isla, justificándolas bajo argumentos de seguridad nacional. Además, su administración ha ejercido presión sobre terceros países, incluyendo México, para limitar el suministro energético a Cuba, intensificando el aislamiento económico del país.
Quizá el caso más simbólico de este nuevo enfoque sea Groenlandia. Trump ha reiterado su interés en que Estados Unidos adquiera o controle esta isla estratégica, argumentando que su posesión es fundamental para la seguridad nacional estadounidense, sugeriendo que el uso de presión económica o militar podrían formar parte de las opciones disponibles para lograr ese objetivo. Este tipo de planteamientos revive una lógica territorial expansionista que parecía superada en la política contemporánea.
Estas acciones reflejan un cambio profundo en la concepción de las relaciones hemisféricas. Mientras la Política del Buen Vecino buscaba legitimar el liderazgo estadounidense mediante la cooperación y el respeto formal a la soberanía, la política exterior de la segunda presidencia de Trump ha enfatizado el uso directo del poder militar, económico y político para imponer los intereses nacionales estadounidenses. América Latina es concebida nuevamente como un espacio de influencia estratégica directa.
Este tránsito del “buen vecino” al “mal vecino” no solo representa un cambio de estilo diplomático, sino una transformación más profunda en la concepción del orden internacional.
En última instancia, la política exterior estadounidense bajo la segunda presidencia de Trump revela una tensión histórica no resuelta: la coexistencia entre el discurso del respeto internacional y la práctica de la dominación hemisférica.
La historia demuestra que la estabilidad hemisférica no puede sostenerse únicamente en el poder, sino en el respeto mutuo. La pregunta central es si Estados Unidos volverá a ser un buen vecino, o si el paradigma del mal vecino se consolidará como la nueva norma.



