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jueves, enero 29, 2026

EL MIGRANTE: ROSTRO SILENCIOSO DE LA FUERZA MICHOACANA

En Michoacán hay una figura que sostiene mucho más de lo que aparenta: el migrante. No siempre aparece en discursos oficiales ni ocupa titulares constantes, pero su presencia, paradójicamente construida desde la ausencia, es una de las fuerzas más determinantes en la vida económica, social y cultural del estado. El migrante no es sólo alguien que se va: es quien mantiene vivo un vínculo entre tierras, familias y generaciones.

La migración pocas veces es una decisión sencilla. Suele ser una mezcla de necesidad, esperanza y valentía. Quien se va no rompe con su tierra: la extiende. Cada envío de dinero es también un mensaje de pertenencia, una manera de decir “sigo aquí, aunque esté lejos”. Las remesas han sido, para muchas comunidades, un factor clave para sostener la economía familiar, mejorar viviendas, impulsar estudios y abrir pequeños negocios. No sustituyen al Estado ni resuelven todo, pero han sido un soporte real cuando la urgencia ha llegado primero que las políticas públicas.

Más allá del impacto económico, el migrante es también un actor cultural. En otros países se preservan tradiciones michoacanas, se enseñan palabras en lengua purépecha, se cocinan recetas heredadas y se celebran fiestas patronales que, lejos de casa, se convierten en anclas emocionales. En ciudades extranjeras, Michoacán existe en patios, asociaciones comunitarias y reuniones familiares. La identidad no se diluye con la distancia: se transforma.

Cuando el migrante regresa, ya se de forma temporal o definitivamente, vuelve con nuevas ideas, experiencias distintas y formas de ver el mundo que enriquecen a las comunidades. La migración, en ese sentido, no es sólo pérdida de población: es también intercambio cultural. Es aprendizaje que cruza fronteras.

Por supuesto, Michoacán aún enfrenta grandes retos para ofrecer condiciones que permitan que migrar sea una opción y no una necesidad. Pero también es cierto que el migrante ha sido clave para amortiguar crisis, sostener regiones y mantener viva la esperanza en muchos hogares. Reconocer su aporte no es romantizar el dolor, sino valorar el esfuerzo.

Hoy, más que ver al migrante únicamente como cifra o protagonista del sacrificio, es necesario mirarlo como parte activa del presente y del futuro de Michoacán. No sólo como quien se fue, sino como quien sigue siendo.

Porque el migrante no vive lejos de su tierra.

La lleva consigo.

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