La red ferroviaria de alta velocidad de China se ha convertido en el gran catalizador de la mayor migración humana del mundo, transformando por completo la experiencia de viajar durante el Año Nuevo Lunar. Lo que antes significaba jornadas enteras sobre rieles lentos y abarrotados, hoy se ha convertido en un recorrido veloz y eficiente que conecta los puntos más distantes del país en cuestión de horas. Durante los cuarenta días que dura esta fiebre viajera, se estima que los ferrocarriles del país transportarán alrededor de 540 millones de pasajeros, con una media de 20 millones de viajes diarios, todos fluyendo a través de una red que ya supera los 50,000 kilómetros de vías de alta velocidad, suficientes para rodear el planeta.
Para el viajero que contempla China como un destino fascinante, subirse a uno de estos trenes bala es mucho más que un simple medio de transporte; es una invitación a redescubrir el país con una mirada nueva. Los modernos trenes blancos y plateados, que alcanzan los 350 kilómetros por hora, permiten diseñar itinerarios que antes eran impensables.
El primer ferrocarril de alta velocidad se inauguró en 2003, conectando las provincias de Hebei y Liaoning en el noreste del país. Para 2010, ya se encontraban en marcha las obras de la línea Pekín-Guangzhou, un corredor de más de 2,000 kilómetros que conectaría la capital con la ciudad portuaria del sur. Hacia 2015, la red experimentó una rápida expansión, incluyendo proyectos para integrar a las provincias occidentales del interior mediante líneas como la de Lanzhou a Xinjiang.
Para el año 2020, China ya contaba con más de 37,000 kilómetros de vías de alta velocidad. Finalmente, en diciembre de 2025, la red alcanzó los 50,000 kilómetros, una extensión suficiente para dar la vuelta al mundo, consolidándose como un símbolo del poderío industrial del país.
Más allá de la velocidad, el ferrocarril ofrece una ventana a la autenticidad del país. A diferencia de la frialdad de un aeropuerto, las estaciones de tren son un hervidero de vida donde se palpa el latir de la sociedad china.
En los vagones, la experiencia es igualmente vibrante. Incluso los icónicos trenes verdes, más lentos y económicos, siguen siendo una opción fascinante para quienes buscan sumergirse en la China más profunda y rural, donde el viaje se convierte en una experiencia comunitaria y pintoresca que desafía el paso del tiempo.
Este colosal despliegue de infraestructura no está exento de matices. Construir a través de terrenos montañosos y condiciones climáticas extremas ha requerido un esfuerzo titánico, con casi tres cuartas partes de algunas líneas discurriendo sobre puentes o a través de túneles para proteger tanto la seguridad de los viajeros como los delicados ecosistemas que atraviesan.
El resultado es una red que no solo enorgullece a sus ciudadanos, sino que también facilita el reencuentro de millones de familias. En definitiva, recorrer China sobre sus rieles de alta velocidad es asistir en primera fila a cómo un país milenario se desliza hacia el futuro, ofreciendo al visitante una perspectiva única que ningún otro medio de transporte puede igualar.



