El lunes 20 de abril de 2026, un hombre armado abrió fuego en la Zona Arqueológica de Teotihuacán, específicamente en la Pirámide de la Luna, uno de los destinos turísticos más visitados de México. Una mujer de nacionalidad canadiense perdió la vida por los disparos, mientras que al menos trece personas resultaron heridas.
Seis de ellas fueron alcanzadas por arma de fuego, incluyendo ciudadanos de Canadá, Colombia, Brasil y Estados Unidos, y siete más sufrieron lesiones al correr para ponerse a salvo.
Este hecho es especialmente impactante porque, aunque se han reportado accidentes en zonas arqueológicas, es la primera vez en décadas que se reporta un caso de violencia armada de esta magnitud en un sitio prehispánico en México.
Este evento preocupa porque el ataque ocurrió a menos de dos meses del inicio de la Copa Mundial de la FIFA 2026, que México co-organiza con Estados Unidos y Canadá.
Recordemos que desde 1970, varios mega eventos deportivos han sido escenario de violencia. El 5 de septiembre de 1972, durante los Juegos Olímpicos de Múnich, ocho miembros del grupo terrorista palestino Septiembre Negro irrumpieron en la Villa Olímpica, tomaron como rehenes a once miembros del equipo israelí y asesinaron a dos de inmediato.
En un fallido intento de rescate en la base aérea de Fürstenfeldbruck, los nueve rehenes restantes murieron junto con cinco terroristas y un oficial de policía. Esta masacre es considerada el atentado más oscuro en la historia del deporte olímpico y transformó radicalmente la seguridad en eventos masivos a nivel global.
El 27 de julio de 1996, durante los Juegos Olímpicos de Atlanta, una bomba de fabricación casera escondida en una mochila estalló en el Centennial Olympic Park mientras se realizaba un concierto nocturno. La explosión mató a una espectadora, Alice Hawthorne, e hirió a 111 personas. Un camarógrafo turco, Melih Uzunyol, sufrió un infarto al correr hacia el lugar y también falleció.
El responsable fue el terrorista doméstico Eric Rudolph, y el guardia de seguridad Richard Jewell, inicialmente señalado como sospechoso, fue exonerado años después. El atentado evidenció la vulnerabilidad de los eventos masivos ante amenazas internas.
Finalmente, el 15 de abril de 2013, dos bombas de presión arterial explotaron cerca de la línea de meta del Maratón de Boston, matando a tres personas e hiriendo a más de 264 corredores y espectadores, muchos de ellos con amputaciones. Los responsables fueron los hermanos Dzhokhar y Tamerlan Tsarnaev, radicalizados por extremistas islámicos.
La intensa cacería humana que paralizó la ciudad llevó a una revisión masiva de los protocolos de seguridad en carreras callejeras y eventos deportivos masivos en Estados Unidos y el mundo.
La historia de los megaeventos deportivos nos ha dejado lecciones dolorosas pero claras: la seguridad no puede ser un elemento secundario ni una reacción tardía. Desde la masacre de Múnich en 1972 hasta los atentados del Maratón de Boston en 2013, cada ataque ha demostrado que el deporte, en su esencia más noble y convocante, también puede convertirse en un blanco vulnerable para la violencia.
En todos estos casos, la respuesta no fue solo el duelo y la condena, sino también una transformación profunda de los protocolos de inteligencia, coordinación internacional y protección de espacios públicos.



