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miércoles, febrero 11, 2026

EL SUPER BOWL QUE DECIDIÓ NO EXPLICARSE

Hubo una confusión discreta antes y después del Super Bowl: muchos esperábamos ver más inteligencia artificial. Más despliegue visible. Más producción sintética. Más gesto de época. Ni el juego ni el show de medio tiempo fueron por ese camino. La IA estuvo, pero no ocupó el centro. Y esa distribución, dónde apareció y dónde no, resulta más reveladora que cualquier efecto especial.

En las semanas previas circularon comentarios entre analistas tecnológicos y de medios sobre si el medio tiempo podría convertirse en el primer gran espectáculo mainstream con integración visible de IA generativa: avatares hiperrealistas, visuales sintéticos masivos, interacción en tiempo real.

La hipótesis no era descabellada. Desde 2023, la inteligencia artificial generativa pasó de experimento a herramienta cotidiana. En publicidad, música, diseño y producción audiovisual su integración ya no es marginal. El Super Bowl parecía el siguiente escenario lógico, pero no ocurrió.

El ejemplo más evidente fue el anuncio de Svedka, desarrollado en gran medida con herramientas de inteligencia artificial generativa. No fue presentado como revolución ni como hito histórico. Simplemente funcionó como cualquier otro comercial.

Hace pocos años, un anuncio producido de esa manera habría sido el centro de la conversación. Hoy se integra sin explicación. La IA ya puede producir contenido en el evento más caro de la televisión sin necesidad de anunciarse.

En el partido ocurrió algo similar. Sistemas algorítmicos operaron en la realización, en la selección de repeticiones, en la edición y distribución de clips, en la logística del estadio. Nada fue tematizado. La tecnología estuvo donde debía estar: sosteniendo la operación.

No hubo apropiación simbólica por parte de los grandes proveedores —ni OpenAI, ni Anthropic intentaron convertir el medio tiempo en vitrina identitaria. Tampoco parecía necesario.

El show de medio tiempo no giró hacia lo futurista ni hacia lo algorítmico. Fue corporal, rítmico, culturalmente situado. No hubo estética sintética dominante ni discurso tecnológico explícito.

Eso no significa que fuera un espectáculo vacío de contenido. Hubo referencias claras a identidad, pertenencia y realidad latina. El medio tiempo dialogó con su contexto social y cultural. No fue neutral.

Lo que no hizo fue convertir la tecnología en su lenguaje simbólico.

Durante décadas, el medio tiempo fue evaluado por su escala y ejecución. Con el tiempo, el escenario empezó a cargarse de expectativa interpretativa. Se esperan gestos políticos, lecturas históricas, declaraciones implícitas. Ha habido momentos con carga simbólica —como el performance de Beyoncé en 2016 o el gesto de Eminem en 2022—, pero no constituyen la norma histórica del evento.

Lo que ha cambiado no es necesariamente el perfil de los artistas, sino la mirada del público y de los analistas. El Super Bowl se convirtió en un símbolo total, y a los símbolos se les exige interpretación.

La expectativa de ver inteligencia artificial en el centro del show forma parte de esa misma lógica: que el evento “diga algo” sobre la era tecnológica.

El contraste es claro: la IA produce anuncios, la IA sostiene la transmisión, la IA optimiza la operación.

Pero el núcleo simbólico del evento sigue recayendo en el artista y en la representación cultural.

No es una oposición entre humano y máquina. Es una cuestión de escala. La inteligencia artificial ya no necesita ser espectáculo porque ya es sistema. Funciona en segundo plano, integrada, normalizada.

La expectativa de verla en el centro responde más a nuestra forma de medir la novedad que a una necesidad real del evento.

El medio tiempo sí habló de su tiempo. Lo hizo desde la cultura y la identidad, no desde la tecnología. Y eso no significa que la inteligencia artificial estuviera ausente. Estuvo en la producción, en la logística, en la publicidad. Estuvo en todo lo que permite que el evento funcione, en donde no estuvo fue en el espectáculo y en la narrativa del evento.

Tal vez el punto no sea preguntarse por qué la tecnología no ocupó el centro del escenario, sino reconocer que ya no necesita hacerlo. La inteligencia artificial dejó de ser acontecimiento y pasó a ser condición operativa. No compite por atención porque ya forma parte del sistema.

Lo que ocurrió en este Super Bowl no fue una omisión tecnológica, sino un ajuste de escala. Seguimos observándola con la graduación de la novedad, cuando en realidad ya se mueve en el plano de lo ordinario.

El espectáculo puede seguir siendo espectáculo porque la tecnología, simplemente, ya está ahí.

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