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jueves, febrero 19, 2026

LA SOLEDAD, SEGUNDA CAPA: LO QUE OCURRE EN EL CUERPO MIENTRAS MIRAMOS LA PANTALLA

En la primera entrega de esta investigación —La soledad acompañada— analizamos el fenómeno como un problema estructural: convivencia sin vínculo, densidad urbana sin comunidad, interacción sin intimidad. Esta segunda parte avanza un nivel más abajo. No en la estadística social, sino en la biología. La pregunta ya no es solo por qué nos sentimos solos, sino qué ocurre en el organismo cuando esa soledad se vuelve crónica y, sobre todo, por qué la hiperconectividad digital no parece estar resolviendo el problema.

En 2015, el meta-análisis liderado por la psicóloga estadounidense Julianne Holt-Lunstad consolidó un hallazgo incómodo: el aislamiento social y la soledad incrementan significativamente el riesgo de muerte prematura, en proporciones comparables a factores de riesgo clásicos como el tabaquismo o la obesidad. Desde entonces, el consenso científico ha crecido. La Organización Mundial de la Salud ha advertido que el aislamiento social constituye un riesgo emergente de salud pública, mientras que los Centers for Disease Control and Prevention han documentado el aumento de trastornos asociados a la desconexión social, particularmente entre jóvenes. El punto central no es metafórico: la soledad sostenida tiene correlato clínico.

El organismo humano no distingue con precisión entre aislamiento social prolongado y amenaza. Cuando una persona experimenta soledad crónica, se activa de forma persistente el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, aumentan los niveles de cortisol, se eleva la inflamación sistémica de bajo grado, se altera la respuesta inmunológica y crece el riesgo cardiovascular. En adultos mayores, incluso se observa aceleración del deterioro cognitivo. No es un problema “emocional” en sentido coloquial; es un estado fisiológico de alerta mantenida. Desde la perspectiva evolutiva, la pertenencia al grupo garantizaba supervivencia. El aislamiento implicaba vulnerabilidad. El cuerpo, diseñado para reaccionar ante esa condición, no ha cambiado al ritmo de la tecnología.

En la primera entrega abordamos los datos sociales mexicanos. Ahora conviene añadir el componente sanitario. Según el INEGI, una proporción significativa de jóvenes mexicanos declara sentirse sola aun conviviendo con otros. Paralelamente, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición ha documentado un incremento sostenido en síntomas depresivos y trastornos de ansiedad en población joven desde 2020. México es, además, uno de los países con mayor tiempo promedio de uso de redes sociales en América Latina. Jóvenes entre 18 y 24 años reportan varias horas diarias frente al teléfono, con predominio de consumo de contenido en plataformas como Instagram, TikTok y Facebook. El cruce es relevante: aumento en percepción de soledad, incremento en síntomas de ansiedad y depresión, y crecimiento exponencial del tiempo de pantalla. Correlación no implica causalidad automática, pero la simultaneidad exige análisis.

No todas las formas de uso digital son equivalentes. La evidencia distingue entre interacción activa —mensajes directos, conversación bidireccional, comunidad concreta— y consumo pasivo —desplazamiento continuo de contenido, observación comparativa, exposición a vidas editadas. Estudios recientes han mostrado que el consumo pasivo se asocia con mayor percepción de aislamiento y comparación social negativa. El diseño algorítmico de plataformas como TikTok o Instagram prioriza la retención de atención, no la profundidad relacional. El cerebro, sin embargo, regula el estrés social a través de señales que la pantalla no reproduce completamente: contacto visual tridimensional, microexpresiones, sincronía corporal, tacto. La liberación de oxitocina asociada al contacto físico o a la presencia compartida no se activa con la misma intensidad en la interacción digital. La hiperconectividad puede mantenernos informados, pero no necesariamente regulados.

El problema no es la tecnología en sí misma ni puede reducirse a nostalgia analógica. El punto crítico es el desajuste entre una biología diseñada para vínculos presenciales estables y un entorno digital diseñado para capturar atención fragmentada. La arquitectura de la economía digital recompensa la frecuencia de interacción, no su profundidad. La exposición constante sustituye al encuentro. La validación cuantitativa reemplaza al reconocimiento íntimo. En ese entorno, la sensación de pertenencia puede volverse intermitente y frágil, y el cuerpo responde a esa fragilidad.

En México, el debate sobre redes sociales suele centrarse en regulación de contenidos, libertad de expresión o ciberseguridad. Son discusiones legítimas, pero parciales. Si la evidencia biomédica confirma que la soledad crónica impacta sistemas inmunológicos, cardiovasculares y cognitivos, entonces el análisis debería incorporar la dimensión sanitaria del diseño tecnológico. No se trata de prohibir plataformas ni de demonizar el uso digital. Se trata de reconocer que un ecosistema optimizado para la permanencia en pantalla no necesariamente está optimizado para la salud relacional.

En la primera parte preguntábamos cómo es posible estar rodeados y, aun así, no vinculados. La pregunta ahora es más incómoda: ¿estamos construyendo formas de comunicación que satisfacen la necesidad de estímulo, pero no la necesidad biológica de pertenencia? La respuesta no está en abandonar la tecnología, sino en entender que la conexión no siempre equivale a vínculo y que el cuerpo, silenciosamente, lleva la cuenta.

 

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