En los últimos años se observa un cambio visible en la forma en que parte de la juventud urbana socializa. Para quienes hoy tienen entre quince y veintinueve años, la combinación “alcohol, noche y descontrol” ya no es el modelo dominante de convivencia. En su lugar aparecen otras coordenadas: más día que madrugada, más café que antro, más experiencias que intoxicación y, en muchos casos, más bienestar que resistencia. Ese matiz, que parecía anecdótico hace una década, se ha convertido en una señal cultural y económica que distintas industrias ya comienzan a leer.
La reducción del alcohol en estos entornos no debe interpretarse como una abstinencia generalizada. Las estadísticas globales no indican una caída masiva o drástica en el volumen total de consumo, sino algo más sutil: el alcohol perdió peso como símbolo aspiracional. En muchas ciudades, la borrachera dejó de ser un “rito de identidad” para convertirse en una opción entre otras. No es la desaparición del alcohol lo que llama la atención, sino la pérdida de centralidad que experimenta en determinados segmentos juveniles.
Informes recientes de firmas como Gallup, IWSR, NielsenIQ y Euromonitor apuntan en esa dirección. La evidencia disponible coincide en tres tendencias. La primera: la Generación Z bebe con menos frecuencia que generaciones previas, y no asocia la diversión con la intoxicación. La segunda: el crecimiento más acelerado en el mercado de bebidas está ocurriendo en las categorías sin alcohol o de baja graduación, junto a las bebidas funcionales. La tercera: la sociabilidad se está desplazando hacia espacios y experiencias que no requieren alcohol para cumplir su propósito social, estético y emocional.
La industria no está ignorando el mensaje. Grandes cerveceras y destiladoras han ampliado sus líneas “cero” y “baja graduación”, mientras bares y restaurantes incorporan coctelería sin alcohol. Estudios de entrenamiento y wellness se consolidan como espacios de encuentro, y los horarios diurnos se vuelven competitivos frente a la vida nocturna tradicional. Para los analistas, la clave no está en combatir el alcohol, sino en diversificar porque el centro cultural del consumo se movió.
Aunque se trata de un fenómeno cultural reconocible, no es uniforme en todo el territorio. Las prácticas de ocio asociadas a cafeterías, brunchs, eventos diurnos, bebidas funcionales y espacios de coworking se observan principalmente en entornos urbanos con oferta comercial y cultural suficiente. No todas las ciudades ni todas las comunidades cuentan con corredores gastronómicos, cafés de especialidad o espacios abiertos seguros donde esta sociabilidad pueda ocurrir. Por ello, el cambio no avanza por convicción ideológica, sino por posibilidad material: el ocio se transforma donde hay menú alternativo. En zonas no urbanas, o simplemente en ciudades con oferta limitada, la vida social continúa concentrada en la noche y en los consumos tradicionales porque no existe la infraestructura que permita otras formas de encuentro.
Lo interesante del fenómeno no está sólo en la estética del café y la foto del brunch, sino en la reorganización del ocio y el mercado. En estos segmentos urbanos, el gimnasio, la cafetería y la terraza sustituyen al bar como “tercer lugar”, un concepto que describe aquel espacio que no es casa ni trabajo donde la convivencia ocurre. Las bebidas funcionales ocupan el lugar simbólico de la cerveza: acompañan, identifican y permiten pertenecer. Las “day parties” compiten con los antros, y las experiencias se vuelven el producto principal. No porque la juventud haya renunciado al alcohol, sino porque dejó de necesitarlo para validar su convivencia.
La consecuencia más relevante no está en la moral, sino en la economía. La juventud dejó de asociar el ocio con el alcohol como condición para divertirse, y eso reconfigura negocios, horarios y productos. Lo que para algunos será un cambio superficial, para las industrias del alcohol, del café, del bienestar, del turismo y del entretenimiento es una señal estratégica. El consumo está migrando de la barra nocturna al espacio diurno, del “emborracharse” al “estar bien”, del producto a la experiencia.
La pregunta ya no es si “los jóvenes van a volver a tomar como antes”, sino qué tipo de ciudades, negocios y servicios capturarán a una generación que prefiere socializar de día, cuidarse, verse bien y compartir experiencias visuales. Si el siglo XX colocó el centro de la vida social en la noche y la botella, el XXI parece desplazarlo hacia el café, la estética, la funcionalidad y la convivencia diurna. Para quienes participan en la economía del ocio, más que un cambio de estilo es una señal de futuro.



