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miércoles, febrero 25, 2026

NO ES DEBILIDAD: ES EL ENTORNO QUE NO ESTAMOS VIENDO

Un adolescente se graba en TikTok usando una máscara de lobo. Explica que se identifica simbólicamente con ese animal. No afirma serlo en términos biológicos; habla de conexión, de pertenencia, de una forma de entenderse a sí mismo. El video se viraliza. Los comentarios llegan rápido: “decadencia”, “confusión”, “crisis mental colectiva”.

El término circula: therian. Jóvenes que se identifican parcialmente con animales y construyen comunidad alrededor de esa autoidentificación. La reacción pública es inmediata.

Las subculturas juveniles no comenzaron en la era digital. México tuvo pachucos en la posguerra, expresión de tensiones migratorias y fronterizas. Décadas después aparecieron tribus urbanas vinculadas al rock, a la estética chola o a movimientos como los emos. Cada generación produjo formas visibles de diferenciación que, en su momento, también fueron leídas como señales de crisis moral o desorientación.

Lo nuevo no es que existan identidades alternativas. Lo nuevo es la infraestructura que hoy las hace posibles y las amplifica.

Durante buena parte del siglo XX, la identidad juvenil se negociaba en espacios físicos compartidos: barrios, escuelas, ciudades. Las comunidades eran territoriales y relativamente limitadas en alcance. Las pertenencias podían ser intensas, pero su expansión dependía de proximidad geográfica y medios masivos.

El entorno actual opera bajo otra lógica. El economista Raj Chetty y su equipo en Opportunity Insights documentaron que más del 90% de los estadounidenses nacidos en 1940 superaron el ingreso de sus padres. Para quienes nacieron en la década de 1980, la probabilidad cayó a alrededor del 50%. En México, estudios del Centro de Estudios Espinosa Yglesias muestran que siete de cada diez personas que nacen en el estrato socioeconómico más bajo permanecen ahí. La movilidad social intergeneracional es limitada y el origen sigue siendo determinante.

La vivienda, tradicionalmente asociada con estabilidad adulta, también refleja el cambio. Indicadores de la OCDE muestran que la relación entre precio de vivienda e ingreso se ha deteriorado en múltiples mercados. En zonas metropolitanas latinoamericanas, incluida la Ciudad de México, adquirir vivienda requiere hoy una proporción del ingreso considerablemente mayor que hace décadas.

En el mercado laboral, más del 50% de la población ocupada en México se encuentra en la informalidad, según datos del INEGI. Las trayectorias lineales y previsibles son menos frecuentes. La economía de plataformas y el trabajo por proyecto forman parte del paisaje cotidiano de las generaciones más jóvenes.

Estos cambios estructurales alteran el horizonte de expectativas. Una generación que crece bajo la promesa estadísticamente plausible de ascenso desarrolla confianza en la estabilidad del sistema. Una generación que crece bajo movilidad incierta, acceso tardío a propiedad y volatilidad laboral aprende a adaptarse.

A esto se suma la infraestructura digital. En América Latina, la mayoría de los jóvenes accede a contenidos culturales e informativos principalmente a través de redes sociales. Las plataformas no solo distribuyen información: conectan afinidades, recomiendan intereses similares y consolidan comunidades específicas a escala global.

En ese contexto, identidades altamente particulares pueden encontrar validación y pertenencia con una rapidez inédita. El fenómeno therian es ilustrativo, no central: muestra cómo la hipersegmentación y los algoritmos de recomendación permiten que formas identitarias minoritarias se articulen y se sostengan en comunidad. Lo que antes podía permanecer aislado ahora puede organizarse digitalmente.

No se trata de juzgar el contenido de esas identidades, sino de entender el entorno que las posibilita.

El cerebro humano no cambió en medio siglo, pero el volumen y la naturaleza de los estímulos sí. Jóvenes en América Latina pasan varias horas diarias conectados en entornos de comparación constante, validación inmediata y flujo ininterrumpido de información. La identidad se construye dentro de esa dinámica.

Cuando la estabilidad material es menos accesible y el horizonte económico es más incierto, la identidad puede convertirse en un espacio de control simbólico. Lo que algunos describen como fragilidad puede ser, en parte, adaptación. Lo que se percibe como dispersión puede responder a la necesidad de flexibilidad en un entorno volátil.

Las generaciones anteriores crecieron bajo marcos relativamente previsibles. Las actuales crecen bajo condiciones cambiantes y tecnológicamente mediadas. Sus disposiciones reflejan esa diferencia.

Reducir fenómenos contemporáneos a una supuesta decadencia moral puede resultar tranquilizador, pero deja fuera las condiciones que los producen. Las identidades no emergen en el vacío; se forman dentro de estructuras económicas, tecnológicas y culturales específicas.

Los pachucos no surgieron en la era digital. Los therians no habrían surgido en la era industrial. No porque una generación fuera más fuerte que otra, sino porque las condiciones eran distintas.

Antes de diagnosticar debilidad, conviene observar la arquitectura. Porque cuando cambian las estructuras, cambian también las formas de pertenencia.

Y si analizamos solo el síntoma sin examinar el sistema, corremos el riesgo de comprender apenas una parte del fenómeno.

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