Tiene dos años, es un perro criollo y cada noche sale a trabajar como velador para ganarse su alimento
Kalimán tiene dos años, es un perro criollo y cada noche sale a trabajar como velador para ganarse sus croquetas, apoyar a su humano y, cuando la jornada lo permite, disfrutar de un caldo de pollo compartido.
La juventud del lomito no ha sido una barrera. Al contrario, le permite cumplir una labor intensa y constante junto a Don David Sánchez, un hombre de la tercera edad con quien ha construido una relación que va más allá del trabajo.
Don David y Kalimán son familia, equipo y un espectáculo nocturno que combina disciplina, humor y ternura.
El lomito porta con orgullo su uniforme anaranjado, señal inequívoca de que es un vigilante profesional, porque Kalimán no es ningún improvisado, nació para cumplir como velador.
Cuando la lluvia aparece, un impermeable amarillo entra en escena para protegerlo y mantener la rutina, pero en diciembre, el velador se convierte en reno, uno atento, protector y dispuesto a morder si algún extraño ronda las propiedades de los ciudadanos.
El resto del año, distintos disfraces acompañan la ronda, generando sonrisas sin restar seriedad a su misión.
La historia de ambos inició en una gasolinera, donde dos soledades coincidieron.
“Él estaba solito y yo también, y nos volvimos amigos, pero ahora es familia, es mi niño, así me gusta decirle, mi niño, porque en realidad es como un niño, juguetón, travieso, divertido”, recordó Don David.
Aunque el cariño es evidente, el trabajo se respeta, Kalimán, –asegura su humano–, es atento y eficaz cuando se trata de vigilar.
De pelaje negro con matices cafés, el perro porta una pechera de cuero negra y cadenas ligeras que no limitan su movimiento, pero sí le dan presencia.
A esto se suman una diadema con orejas de peluche y unos ojitos en la nuca que conquistan miradas.
La campana que cuelga de su cuello acompaña cada paso y cumple una función clave.
“Se la puse porque como mi niño es negro, en la noche se me perdía, me puso varios sustos, ya con su campanita no nos perdemos de vista”, explicó.
Kalimán camina firme, atento y alegre, observa todo y roba sonrisas.
“La gente siempre nos para, nos piden fotos. Mi niño llama mucho la atención, es muy alegre”, expresó Don David.
El perro que alguna vez estuvo solo ahora tiene familia, trabajo, croquetas, caldito de pollo, un guardarropa muy variado y visitas constantes al veterinario para mantenerse sano.
Así, ambos recorren diariamente las calles ofreciendo vigilancia, compañía y un alivio emocional a quienes los encuentran.
Kalimán y Don David cuidan la noche, pero también el corazón de la ciudad.



