Nuestra realidad presenta fisuras porque nuestro ecosistema social se tiñe de sangre, es lo cotidiano, la violencia no parece disminuir, la percepción social así lo indica en ciudades en donde la gente se siente con temor ante el embate de agresores de diverso origen que mutilan la certidumbre.
El domingo 25 de enero se registró una masacre en una cancha de fútbol en Salamanca, ahí fueron once asesinatos y un significativo número de lesionados, se trató de un impacto brutal en Guanajuato. La semana anterior en Michoacán se registró el asesinato de tres personas, entre ellas una menor de nombre Megan, hija del matrimonio ultimado, Anayeli y Víctor fueron esposos, interpretes de señas, que prestaban servicio al Congreso del Estado y otras instancias gubernamentales. El crimen cometido con una saña demencial provocó la consternación de la sociedad michoacana que exige justicia.
Se acumulan más tragedias que derivan de una violencia extrema, ello implica una mayor exigencia a las fiscalías en tanto la procuración de justicia y al poder judicial para evitar la impunidad.
La inseguridad que reporta saldos de miedo en materia de homicidios dolosos no debe verse como una situación tendiente a la normalización, no, porque no se debe evaporar la capacidad de asombro e indignación ante hechos consumados que pinta de rojo la realidad y reflejan una crisis que resta al estado de derecho, la impunidad ha sido una característica presente.
Falta diseñar nuevas políticas públicas para disminuir la inseguridad, consideramos que es necesario agregar temas vinculados con el arte y la cultura para lograr la recuperación de espacios públicos, promover actividades en diversas regiones que parecen abandonadas. Literatura, teatro, círculos de lectura, por citar algunas actividades que se podrían organizar de manera sistemática y no solo por ocurrencia.
Alguna vez leí un texto del reconocido periodista polaco, ya desaparecido, Ryszard Kapuscinski: “la democracia es tanto más frágil cuanto más bajo es el nivel cultural de la sociedad”.
Mientras el ecosistema social tiende a ser más tóxico, la clase política parece quedar atrapada en la frivolidad y las ocurrencias, los debates se sustituyen por una andanada de epítetos en donde la diatriba va con los adjetivos que parecen reflejar un evidente vacío.
Mientras la violencia luce empoderada no dejan de sorprender algunas situaciones que se han dado en los últimos días, por ejemplo la compra de camionetas blindadas para ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, mismas que después se anunció serán devueltas, se informó que cada unidad vehicular alcanzaba un costo de 2.4 millones de pesos. Es decir, dónde quedó la austeridad.
Vendrá la discusión del proyecto de reforma electoral que tiene varios componentes como la reducción de diputaciones, también se plantea la disminución de recursos para los partidos políticos, algunas fuerzas políticas se quejan porque implicaría quedarse sin posiciones y bajarían sensiblemente su financiamiento. En todo caso, falta en muchos actores una verdadera voluntad democrática acorde con nuestros tiempos, hay quienes ven a los partidos como negocios porque se han desmarcado de las ideologías para enmarcarse en un pragmatismo evidente.






