ORTEGA Y LA DICTADURA

Hablar de la democracia nos lleva a las fuentes históricas, nos remonta a la antigua Atenas, la polis donde se patentó dicha forma de gobierno que sería el embrión de otros matices al respecto, fue una invención meritoria de la antigua Grecia, aunque algunos de sus más destacados filósofos preferían a la aristocracia que proponía a los sabios al frente del poder, no necesariamente a los más populares. 

Entendemos por democracia una denominada forma pura de gobierno que podría ser degenerada por la oclocracia. En la actualidad existen personajes que van contra la democracia de una manera, por así llamarle, cavernaria; como sucede en Nicaragua en donde la sombra perniciosa de Daniel Ortega impone una dictadura que anunció que no habrá más elecciones, no más democracia. 

La democracia plena incentiva el debate de las ideas, estimula la discrepancia, no hay espacio para un pensamiento único porque sería contranatura. No obstante, el dictador nicaraguense tiene otra visión, ya de manera reiterada ha intentado por diversos medios aniquilar a la disidencia, a muchos críticos de su gobierno les ha privado de su nacionalidad, otros están en un prolongado exilio. 

En pleno siglo XXI, como lo ilustra el caso Nicaragua, hay quienes no asumen la praxis de las libertades, no respetan los derechos humanos y pretenden gobernar per secula seculorum aunque ello implique cancelar los derechos universales e investirse en el totalitarismo sin razón de ser que eclipsa más aún cualquier práctica de urbanidad política. 

Abraham Lincoln en la inauguración del cementerio de Gettysburg en 1863 pronunció un vigoroso discurso en el que hacia votos para que no desapareciera el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. En suma, se pronunció por la democracia. En aquellos años en los Estados Unidos se libraba la guerra civil. 

En la posmodernidad, en donde abundan las posverdades es necesaria la democracia, más allá de ser una forma de gobierno es también un estilo de vida que debe caracterizarse por la pluralidad, por el derecho propio a la discrepancia y por una verdadera polifonía. Caso contrario asistiríamos al derrumbe de las libertades. 

El Caso Nicaragua pone de relieve cómo se disminuyen paulatinamente los derechos, la imposición de una ideología y las prácticas más abusivas que resultan impresentables en nuestro presente, el imponer un pensamiento único es reprobable en cualquier momento. Además, una dictadura como la de Daniel Ortega va contra la división de poderes y con ello desvanece lo que es una república.  

 

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