Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si quieres probar el carácter de un hombre, dale poder:
Abraham Lincoln (1809-1865) Presidente de Estados Unidos
Que la ciudadana Claudia Sheinbaum consuma marihuana, no es un asunto que a nadie más que a ella y acaso a su entorno familiar compete. Pero que la presidenta Claudia Sheinbaum lo haga, concierne a todo el país. Lo mismo aplica para la eventualidad de que presentara algún tipo de trastorno emocional derivado de la estresante responsabilidad que significa estar al frente del gobierno de un país.
La periodista y escritora Anabel Hernández, regularmente atinada en los escándalos que provoca con sus investigaciones y revelaciones, ha asegurado que fuentes del propio círculo cercano a Sheinbaum, le han alertado que la presidenta está consumiendo marihuana como respuesta a la presión de la que es objeto por la multiplicidad de problemas que enfrenta en el cargo.
Sería irresponsable de mi parte sumarme a la embestida opositora contra Sheinbaum por ese señalamiento, porque hoy todo mundo es sicólogo y hasta siquiatra, y se afirma que su mirada delata un problema emocional y el consumo de medicamentos para controlarlo. Que si sus ojos, que si sus movimientos de cabeza, que si su voluble carácter y estado de ánimo, que si sus iracundas reacciones, etcétera, etcétera. Eso que lo evalúen profesionales de la materia, si es el caso.
Pero lo que sí es un hecho, es que el estado de salud de un gobernante, y más de una presidenta, no es un asunto personal, sino público. O debiera ser, por la trascendencia de las decisiones que toma. Se apela al derecho a la privacidad de un gobernante, pero eso solo aplica para ciudadanos comunes y corrientes, no para la presidenta.
De hecho, el señalamiento de Anabel Hernández debiera dar pie a reabrir la discusión sobre la urgencia de que los gobernantes mexicanos se sometan con frecuencia a exámenes toxicológicos y mentales, para corroborar que quienes toman decisiones que nos afectan a los ciento treinta millones de mexicanos, cuenten con un estado de salud razonablemente bueno. Y quien no lo hiciera, debiera ser destituido. En México es un tabú la salud de un presidente, a grado que cuestionarla es motivo de cacería.
Desearía que la salud de Sheinbaum, física y mental, no presente contratiempos. Pero no es cuestión de buenos deseos o de actos de fe. Su condición nos interesa a todos, o debiera, porque lo que haga o deje de hacer nos compete a todos, para bien o para mal. Una buena señal sería realizarse un examen toxicológico y hacer público el resultado. Pero creo que es mucho pedir. X@jaimelopezmtz


