En carta abierta piden a gobernantes en todos los órdenes «que la libertad no sea concesión sino garantía, que la seguridad y la justicia dejen de ser promesa, y que se escuche a las víctimas»
México llega a este año 2026 con pasos construidos y con heridas abiertas, avanzando en conciencia de derechos, en participación de las mujeres, en instituciones que se han querido fortalecer, en solidaridad ante los desastres y en un anhelo social de paz que ya nadie puede ignorar. Pero al mismo tiempo «siguen sangrando la violencia, la desaparición de personas, la impunidad, la desigualdad que humilla y el desplazamiento forzado de comunidades enteras». Celebrar la Independencia no es cerrar los ojos: «es recordar de dónde venimos para tener el ánimo de seguir construyendo», han dicho los obispos del país integrados en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM).
Al conmemorar 216 años del Grito de Dolores y 205 de la consumación de nuestra Independencia, los jefes pastorales de las diócesis de México han emitido este mensaje al pueblo en el marco de esta celebración nacional elevando ante todo una acción de gracias por la Patria: «gracias por esta tierra, por su gente laboriosa, por su hospitalidad, por su capacidad tantas veces probada de levantarse después del dolor… México no es una idea abstracta, son rostros, familias, comunidades, pueblos originarios, migrantes que llegan y que parten, jóvenes que sueñan y ancianos que recuerdan», dice el documento.
Nuestra Independencia nació abrazada a un estandarte: en Atotonilco la imagen de Santa María de Guadalupe se convirtió en la bandera de un pueblo que se descubría nación, fue el reconocimiento de que este pueblo ya tenía una Madre y con ella una identidad común capaz de unir al indígena, al criollo y al mestizo en una sola casa, «y hasta el primer presidente de la república quiso llamarse Guadalupe», señala la misiva obispal.
Y observa la CEM que dos siglos después «Ella sigue siendo el corazón y el alma de nuestro pueblo, y sigue pidiendo lo mismo que en el Tepeyac se le edifique su casita sagrada para mostrar todo su amor, su compasión, y su auxilio y defensa a sus hijos más pequeños». Y mientras caminamos hacia el quinto centenario del acontecimiento Guadalupano en 2031, «la Novena Intercontinental guadalupana nos convoca a que ese amor se haga encuentro, reconciliación y justicia».
Reflexionan también los jerarcas pastorales que dentro de la libertad y los derechos está la libertad religiosa que no se reduce al culto dentro de un templo, y también la libertad de expresión que exige medios plurales y periodistas protegidos como también un debate público que no descalifique al que piensa distinto. Piden proteger y cuidar ambas en este aniversario patrio que se encuentra con la memoria centenaria del conflicto religioso de1926: «lo evocamos en estas fiestas porque fue fraticida entre hermanos que compartían una misma fe, un mismo corazón y una misma cultura, y porque su lección es urgente: cuando la libertad de conciencia se restringe es la nación entera la que se lastima». De modo que hacen énfasis en que «su memoria nos llama a pedir siempre que la libertad religiosa sea plenamente reconocida y ejercida como derecho humano fundamental para los católicos y para todas las confesiones religiosas de nuestro país».
La Iglesia no es huésped en México, es parte de su tejido desde antes de que hubiera el Estado, afirman, pues sostuvo la primera educación, los primeros hospitales, los primeros asilos, «formó la buena parte de quienes pensaron la nación y no ha dejado de estar donde más duele». Hoy esa presencia tiene nombres concretos: Cáritas y sus miles de voluntarios, en cada emergencia, colegios, universidades y fundaciones educativas, casas del migrante, comedores, dispensarios, albergues para mujeres y niños, centros de defensa de los derechos humanos, el acompañamiento a víctimas y sus familias, y la reconstrucción del tejido y el trabajo constante por la paz.
A quienes gobiernan en todos los órdenes «les pedimos que la libertad no sea concesión sino garantía, que la seguridad y la justicia dejen de ser promesa, y que se escuche a las víctimas», remarca la CEM.
Además, en vísperas de un nuevo proceso electoral «pedimos que el debate público esté a la altura del pueblo que lo sostiene, a los ciudadanos los invitamos a amar a México con honradez cotidiana, con participación, con cumplimiento de lo que a cada quién corresponde y cuidando del que menos tiene», continúan para reafirmar los obispos que «desde la Iglesia ofrecemos lo que somos: comunidades abiertas, manos para servir, palabra para denunciar sin odio y capacidad de tender puentes donde otros levantan muros. Luchemos cada día por honrar el legado de quienes nos dieron Patria y de quienes nos transmitieron la fe», y oran porque María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive, siga acompañando a nuestra nación y nos reúna siempre bajo su amparo.
«Que viva México, que viva Santa María de Guadalupe», finaliza la carta signada por Monseñor Ramón Castro Castro, obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, y Monseñor Héctor Pérez Villarreal, Obispo auxiliar de México y secretario general.



