EL LUJO COGNITIVO

En una época en la que producir será cada vez más fácil, algunas capacidades que durante años consideramos poco productivas podrían empezar a adquirir un valor inesperado: aburrirnos, sostener una dificultad y, sobre todo, aprender a regresar.

Hace unos días escuché una frase que se me quedó dando vueltas: “la nueva mediocridad es la excelencia”. No he podido localizar quién la dijo y, tomada literalmente, tampoco estoy de acuerdo. La excelencia sigue siendo excelencia, venga de una persona que trabajó sola o de alguien que supo utilizar extraordinariamente bien la inteligencia artificial. Lo que sí me parece interesante detrás de la provocación es otra cosa: estamos entrando en una época en la que producir algo con apariencia impecable es cada vez más fácil y, por lo tanto, quizá la mediocridad ya no necesariamente se vea mediocre.

Un texto puede estar perfectamente escrito y no contener una idea particularmente interesante. Una presentación puede ser espectacular y esconder un análisis bastante pobre. Un alumno puede entregar un ensayo impecable y ser incapaz de sostener una conversación sobre lo que supuestamente escribió. Pero también puede ocurrir exactamente lo contrario: alguien puede utilizar inteligencia artificial para investigar más, comparar posibilidades, cuestionar sus propias ideas y construir un trabajo mucho mejor del que habría podido hacer sin ella. El problema, entonces, no está en producir mucho, producir rápido ni producir con inteligencia artificial. Está en algo bastante más difícil de detectar: quedarnos en la medianía de solamente producir.

Y eso me llevó a pensar en algunas cosas que, curiosamente, llevamos años tratando de eliminar de nuestra vida porque parecen improductivas.

Por ejemplo, aburrirnos.

Hemos desarrollado una capacidad extraordinaria para llenar prácticamente cualquier espacio vacío. Cinco minutos esperando algo son suficientes para sacar el teléfono. Una fila, un trayecto, una pausa entre dos actividades, incluso los pocos minutos antes de dormir pueden convertirse inmediatamente en mensajes, videos, noticias, música, un podcast o cualquier otra cosa que evite que aparentemente no esté pasando nada. Hemos llegado a considerar el aburrimiento casi como una falla en la administración del tiempo.

Y resulta que, mientras nos esforzábamos por eliminarlo, la neurociencia comenzó a descubrir que cuando aparentemente no está pasando nada, en el cerebro sí están pasando cosas.

En 2025, un estudio publicado en Scientific Reports registró mediante electroencefalografía la actividad cerebral de 84 adultos mientras observaban contenidos diseñados para generar estados neutrales o aburrimiento. Los investigadores encontraron diferencias significativas en la conectividad funcional del cerebro en las bandas alfa, beta y gamma. Es decir, el cerebro aburrido no era simplemente un cerebro menos ocupado: sus redes estaban comunicándose de una manera diferente, con patrones que los autores consideran compatibles con cambios en el procesamiento interno.

Y apenas este año apareció otro estudio, publicado en Neuroscience, que observó a 25 universitarios mientras experimentaban aburrimiento y encontró nuevamente cambios persistentes en la organización de sus redes cerebrales durante ese estado. En este caso se observó una menor integración y eficiencia global de esas redes. Los resultados de ambos estudios no son idénticos y sería un error utilizarlos para afirmar que aburrirse “mejora el cerebro”. Lo que sí permiten afirmar es algo mucho más interesante: el aburrimiento tiene una dinámica cerebral propia que apenas estamos comenzando a comprender.

Eso cambia un poco la imagen de esos minutos que tanto nos empeñamos en llenar.

No significa que debamos programar media hora diaria para mirar la pared ni convertir el aburrimiento en la nueva receta de productividad. Significa que quizá nos apresuramos al considerar cualquier momento sin estímulo como tiempo desperdiciado.

Hay otra pieza de evidencia que vuelve todavía más interesante esta idea. Nuestro cerebro tiene un conjunto de regiones conocido como default mode network o red neuronal por defecto, particularmente activo en procesos dirigidos hacia el interior: recuerdos, asociaciones, divagación mental, imaginación. En 2024, investigadores pudieron observar directamente su actividad mediante electrodos intracraneales en 13 pacientes y después estimular eléctricamente algunas de esas regiones mientras realizaban tareas de pensamiento divergente. Cuando interfirieron con esa red ocurrió algo muy particular: las personas no dejaron de producir respuestas, pero disminuyó la originalidad de esas respuestas.

La diferencia me parece extraordinaria porque se parece muchísimo a una discusión que estamos teniendo fuera del laboratorio: producir y elaborar no son necesariamente la misma cosa.

No estoy diciendo que llenar los tiempos muertos con el teléfono reduzca nuestra creatividad ni que la inteligencia artificial interfiera con esa red cerebral; ninguno de esos experimentos demuestra algo semejante. Pero sí nos obligan a cuestionar una asociación que hemos dado casi por sentada durante años: que una mente permanentemente ocupada necesariamente está aprovechando mejor su tiempo.

Y aquí aparece otro fenómeno, Gloria Mark, investigadora de la Universidad de California en Irvine, lleva más de dos décadas estudiando cómo distribuimos nuestra atención frente a las pantallas. Sus observaciones muestran que el tiempo que permanecemos atendiendo una misma pantalla ha caído de alrededor de dos minutos y medio a principios de los años 2000 a alrededor de 47 segundos en mediciones posteriores. Pero quizá lo más revelador de su trabajo no sea la cifra, sino descubrir que una parte muy importante de las interrupciones las iniciamos nosotros mismos, no siempre necesitamos que alguien nos distraiga.

Estamos trabajando y cambiamos de ventana. Regresamos, recordamos algo, lo buscamos. Volvemos a lo anterior, aparece otra idea y nos vamos nuevamente. La posibilidad de cambiar de estímulo está siempre disponible y poco a poco parece haberse incorporado a nuestra forma cotidiana de trabajar.

Por eso quizá hemos prestado demasiada atención a la distracción y demasiado poca a una capacidad bastante menos espectacular: regresar.

Distraernos no es una anomalía creada por el teléfono. La mente humana divaga desde mucho antes de que existieran las pantallas. Lo interesante es conservar la capacidad de advertir que nuestra atención se fue, recuperar la intención anterior y colocarla nuevamente donde habíamos decidido que debía estar. No una vez, sino tantas como sea necesario, y eso también requiere esfuerzo cognitivo.

Aquí me interesa recuperar a mi maestro Eduardo Calixto, quien ha explicado ampliamente el papel de la corteza prefrontal en funciones como la planeación, la evaluación de consecuencias, el control de impulsos, la toma de decisiones y la regulación de nuestra conducta. No tenemos una cantidad ilimitada de recursos atencionales ni mantenemos el mismo nivel de control ejecutivo permanentemente. Pensar implica seleccionar información, inhibir estímulos, sostener objetivos y decidir a qué le concedemos nuestros recursos mentales.

Visto así, hacer el acto consciente de regresar a una tarea después de habernos distraído deja de parecer una cosa menor. Estamos ejerciendo precisamente el mecanismo que nos permite decidir qué merece nuestra atención en lugar de entregarla automáticamente al siguiente estímulo disponible.

Y en medio de todo esto apareció la inteligencia artificial generativa.

Y en este punto, no creo que tenga sentido plantearla como enemiga del pensamiento. La misma herramienta puede intervenir en un proceso intelectualmente muy pobre o en uno extraordinariamente sofisticado. Lo interesante es que ya empezamos a tener datos sobre esa diferencia.

Investigadores de Microsoft Research y Carnegie Mellon analizaron 936 situaciones reales de uso de inteligencia artificial generativa reportadas por 319 trabajadores del conocimiento. Encontraron que una mayor confianza en la IA estaba asociada con un menor ejercicio reportado de pensamiento crítico, mientras que una mayor confianza de la persona en su propio conocimiento se relacionaba con más pensamiento crítico. Pero encontraron también algo que me parece todavía más importante: al trabajar con IA, el pensamiento no necesariamente desaparece, cambia de lugar. Verificar información, integrar respuestas y supervisar el resultado adquieren mayor relevancia.

Eso ayuda a precisar bastante la discusión.

El riesgo no está en que una máquina produzca algo excelente. Tampoco en que nosotros produzcamos más gracias a ella. Sería absurdo despreciar una herramienta precisamente porque permite ampliar nuestras capacidades.

El riesgo aparece cuando el resultado se vuelve suficiente, cuando dejamos de distinguir entre haber obtenido una respuesta y haber elaborado una idea; entre entregar algo impecable y comprender aquello que estamos entregando; entre una producción abundante y una producción verdaderamente valiosa.

Ahí recupero aquella frase del principio: “la nueva mediocridad es la excelencia”.

Quizá la frase no quiera decir que la excelencia haya perdido valor. Lo que está perdiendo valor como indicador es su apariencia. Durante mucho tiempo un resultado extraordinario permitía suponer, con bastante razonabilidad, que detrás había determinadas capacidades. Hoy esa relación ya no es tan evidente.

Y entonces la mediocridad puede volverse mucho más sofisticada, puede estar perfectamente redactada, diseñada y presentada. Puede producir muchísimo. Puede cumplir con todos los requisitos y hacerlo a una velocidad impresionante.

Simplemente puede no haber ido demasiado lejos, por eso me parece interesante la idea del lujo cognitivo, no como una nueva moda para desconectarnos del teléfono ni como una defensa romántica de que todo debería costarnos trabajo. Hay esfuerzos inútiles que afortunadamente la tecnología nos permite eliminar. Me interesa porque quizá estamos entrando en una época en la que algunas capacidades que parecían ordinarias comienzan a escasear precisamente por la cantidad de estímulos y posibilidades que tenemos disponibles.

Poder aburrirnos un rato sin resolver inmediatamente el vacío. Poder permanecer frente a una dificultad cuando existe una salida más entretenida a unos centímetros de distancia. Permitir que una pregunta no tenga respuesta durante unos minutos. Dejar que la mente divague. Darnos cuenta de que se fue demasiado lejos y traerla nuevamente. Leer, observar, contrastar, corregir y cambiar de opinión.

Nada de eso luce particularmente espectacular, y quizá ahí esté justamente lo interesante.

Venimos de una cultura que aprendió a premiar muchísimo la velocidad, la ocupación y la producción. Ahora estamos entrando en otra capaz de producir a una escala que hace apenas unos años habría parecido absurda. No necesitamos renunciar a esa capacidad; al contrario, apenas estamos descubriendo todo lo que podemos hacer con ella.

Pero puede que esa abundancia vuelva visibles otras cosas que habíamos dejado de mirar.

En el artículo previo hablábamos d el principio: cuando algo se vuelve abundante, aquello que permanece escaso puede adquirir otro valor, quizá ocurra también con nuestra vida mental.

En un mundo lleno de respuestas, contenidos, imágenes, estímulos y producción prácticamente ilimitada, el verdadero lujo cognitivo podría ser conservar una mente capaz de no necesitarlos todo el tiempo.

Una mente que pueda estar ocupada y también vacía. Concentrarse y divagar. Producir y elaborar.

Y, sobre todo, una mente que cuando inevitablemente se vaya a otra parte, todavía sepa regresar.

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