Señaló que la polémica se originó por un malentendido en la logística del evento y no por una confrontación política
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Aseguró el secretario que se ha reforzado la seguridad de la policía Morelia en la zona
Vuelca camioneta y se registran otros dos accidentes en distintos puntos de Morelia
La volcadura fue en la zona norte, mientras que al sur de la ciudad se registraron dos percances viales más, uno de ellos de motocicleta
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Se mantiene vigilancia y alerta en todo el municipio, aunque con mayor fuerza en el sur debido que es donde más ganado hay, refirió el secretario de Agricultura Roberto Carlos
Morelia se prepara para la segunda feria de adopción de gatos y perros
La cita será este domingo 25 de enero, en la explanada del Parque Infantil 150, en un horario de 11:30 de la mañana a 3:30 de la tarde
NOSTALGIA, IA Y EL VERDADERO GIRO TECNOLÓGICO DE 2026
La pregunta surgió a partir de una lectura reciente. En un artículo publicado por The New York Times, se sugería que en 2026 podría consolidarse una preferencia por los llamados “teléfonos tontos” como reacción al cansancio digital y a la pérdida de conexión humana. La idea es atractiva: menos pantallas, más presencia, menos algoritmos, más vínculos reales. Sin embargo, basta mirar con un poco más de atención el contexto tecnológico actual para que esa narrativa empiece a tambalearse.
No porque la nostalgia no exista —existe y se expresa de múltiples formas—, sino porque choca de frente con un proceso mucho más profundo y acelerado: la integración masiva, silenciosa y cada vez más sofisticada de la inteligencia artificial en la vida cotidiana. Justo cuando la IA empieza a ser comprendida y utilizada por amplios sectores de la población, resulta difícil sostener que el movimiento dominante vaya a ser la renuncia tecnológica.
El contraste es evidente. Mientras algunos análisis culturales hablan de “desconexión”, los grandes actores tecnológicos están avanzando en la dirección opuesta, reforzando la presencia de la inteligencia artificial como infraestructura básica del día a día. Usted está semaba, enero de 2026, OpenAI confirmó cambios significativos en su ecosistema, entre ellos la introducción de publicidad en ChatGPT y el despliegue de nuevos servicios especializados, como perfiles orientados a salud y bienestar, capaces de integrar información médica, hábitos y datos provenientes de dispositivos conectados. La decisión de monetizar una herramienta con cientos de millones de usuarios semanales no es menor: revela que la IA ya no es un experimento, sino un servicio de uso masivo que requiere modelos de sostenibilidad económica propios.
Al mismo tiempo, Google anunció nuevas fases de integración de su modelo Gemini dentro del sistema operativo Android, con una estrategia explícita: reconstruir la experiencia del smartphone alrededor de la IA. Esto implica que el teléfono deje de ser solo un dispositivo de aplicaciones para convertirse en un asistente permanente, capaz de anticipar necesidades, gestionar información personal y ejecutar tareas complejas de manera autónoma. Hablar de un retorno generalizado a dispositivos básicos en este contexto parece, cuando menos, desconectado de la realidad.
La carrera no se limita a estas dos compañías. Meta confirmó esta misma semana avances internos en nuevos modelos de inteligencia artificial destinados a integrarse en sus plataformas de consumo, mientras que la presión sobre la industria de semiconductores —derivada de la demanda creciente de centros de datos y modelos avanzados— empieza a generar alertas sobre una posible escasez global de chips especializados. La IA no solo avanza en software; está reconfigurando cadenas de producción, inversiones estratégicas y políticas industriales a escala global.
Más allá de los anuncios corporativos, hay un dato clave que suele quedar fuera del debate: gran parte de la población ya utiliza inteligencia artificial sin ser plenamente consciente de ello. Encuestas recientes muestran que cerca de nueve de cada diez usuarios de smartphones emplean funciones basadas en IA —como reconocimiento de imágenes, predicción de texto, filtros de cámara o asistentes de voz—, aunque menos de la mitad reconoce explícitamente “usar inteligencia artificial” cuando se le pregunta. La IA se ha vuelto tan cotidiana que ha dejado de percibirse como tal.
Este desfase entre uso real y percepción es fundamental para entender el momento actual. No estamos ante una sociedad que elige conscientemente alejarse de la tecnología, sino ante una que la incorpora de manera progresiva, casi invisible. A diferencia de lo ocurrido con internet o con los smartphones —cuyo proceso de adopción tomó décadas—, la IA generativa ha seguido una curva mucho más pronunciada.
Desde esta perspectiva, 2026 sí puede considerarse un año de transformación tecnológica, pero no por un supuesto retroceso, sino por la aceleración del cambio. La inteligencia artificial está dejando de ser una herramienta opcional para convertirse en una capa estructural que atraviesa comunicación, trabajo, salud, comercio y entretenimiento. La discusión relevante ya no es si usamos IA, sino cómo lo hacemos y bajo qué condiciones.
La nostalgia, en este escenario, cumple otra función. No es una fuerza capaz de revertir el desarrollo tecnológico, sino un síntoma cultural. Expresa incomodidad frente a la opacidad de los algoritmos, la sensación de pérdida de control y la velocidad con la que se reconfiguran las relaciones humanas mediadas por sistemas inteligentes. Es una reacción comprensible, pero insuficiente para explicar el rumbo dominante.
Pensar que el futuro inmediato pasa por guardar el smartphone y volver al teléfono básico simplifica en exceso un fenómeno mucho más complejo. Lo que se está configurando es un entorno en el que la tecnología no desaparece, sino que se vuelve menos visible y más decisiva. La verdadera pregunta, entonces, no es si la nostalgia ganará la partida, sino cómo se redefinirá la relación entre personas, dispositivos y sistemas inteligentes en un mundo donde la inteligencia artificial ya no es una promesa, sino una presencia constante.
En ese sentido, 2026 no parece el año del “teléfono tonto”, sino el año en que la IA termina de instalarse como parte del paisaje cotidiano. Y como suele ocurrir con los cambios profundos, el reto no será desconectarse, sino comprender qué estamos delegando, a quién y con qué consecuencias.
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MASACRES EN MICHOACÁN: LA BANALIZACIÓN DE LA MUERTE
Banalizar es una palabra compleja: Cuando la escuchamos, normalmente la asociamos con «vano» o «vanidad», entendida como aquello superficial, carente de profundidad o importancia. Pensamos en lo trivial, en lo que no trasciende. Sin embargo, este primer acercamiento semántico apenas roza la superficie de un fenómeno mucho más siniestro que estamos viviendo en Michoacán.
La normalización de la violencia es ese proceso perverso mediante el cual eventos extraordinarios —que deberían sacudir nuestra conciencia colectiva— se convierten en mera estadística. Es el mecanismo psicológico de defensa que nos permite desayunar un sábado por la mañana mientras leemos sobre tres cuerpos calcinados, o seguir con nuestras rutinas mientras otra familia desaparece. La normalización es la anestesia social que nos permite funcionar en medio del horror.
¿Por qué nos enceguecemos ante la muerte? ¿Por qué, ante cada tragedia, resurge ese mantra cruel: «andaban en malos pasos»? Psicológicamente, es más fácil aceptar que las víctimas «se lo buscaron» que enfrentar la verdad aterradora: cualquiera de nosotros puede ser el siguiente. Es la ilusión de control en un contexto de caos absoluto. Si ellos murieron porque «andaban en algo», entonces yo estaré a salvo si no lo hago. Es mentira, por supuesto. Pero es reconfortante porque nos permite dormir por las noches y salir de casa dejando a nuestros hijos solos.
Profundicemos: la etimología de «banal» es muy reveladora, porque banal se refiere a toda posesión del señor feudal. Es banal un predio, una casa, un granero o una vaca. Lo banal pertenece al señor, está bajo su dominio absoluto.
Cuando la muerte se banaliza, visto así, es porque los dueños de vidas y haciendas se apropian de ella; la hacen suya.
Los delincuentes, por supuesto que se benefician del homicidio. Cada asesinato es un mensaje, cada cuerpo quemado es una advertencia.
Pero los señores feudales que viven del poder gubernamental no son muy diferentes: banalizan la muerte cuando, desde dependencias oficiales, prometen «colaboración», «abrir carpetas de investigación» o envían «condolencias». Se apropian de la muerte, hacen suyo el dolor y lo traducen en vistas, en «me gusta», en legitimidad, en humeante cortinaje para esconder sus trapacerías y apelar a la amnesia colectiva.
Justo eso es lo que está pasando en Michoacán. Este mes van al menos media docena de masacres de michoacanos. El esclarecimiento de ellas llega a cuentagotas.
El caso que nos debe indignar
El 15 de enero de 2026, Víctor Manuel Mujica Vega, Anayeli Hernández León y su hija Megan Eileen, de 12 años, fueron vistos por última vez en la colonia Ex Hacienda La Huerta en Morelia. Ambos adultos eran ampliamente conocidos por su labor como intérpretes de Lengua de Señas Mexicana.
El 17 de enero, sus cuerpos calcinados fueron encontrados en el poblado de Ucareo. Durante días, permanecieron sin identificar en el Servicio Médico Forense. Una familia completa, borrada. Quemada. Convertida en cenizas.
¿Merecían morir?
El espectáculo que opacó el dolor
Pero he aquí la perversión suprema de la banalización: el 22 de enero de 2026, apenas cinco días después del hallazgo de los cuerpos de la familia Mujica Hernández, fuerzas federales detuvieron en Apatzingán a César Alejandro Sepúlveda Arellano, alias ‘El Bótox’.
La detención del presunto responsable del asesinato de Bernardo Bravo, líder limonero, y de extorsiones sistemáticas es, sin duda, importante, pero se convirtió en el show mediático perfecto para sepultar la tragedia de los Mujica Hernández.
Ahí está la banalización en su expresión más pura: Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, dio conferencias de prensa detallando la captura. El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla se fotografió con el logro. Los titulares gritaban victoria.
Mientras tanto, Víctor, Anayeli y Megan eran tres cuerpos calcinados que no merecían prime time porque no eran «noticia vendible».
Los números que evidencian la crisis
El Plan Michoacán sigue sin brindar resultados claros. En las estadísticas, nada ha cambiado sustancialmente. Michoacán sigue en el top 10 de homicidios dolosos a nivel nacional.
Solamente en enero de 2026, van 66 homicidios dolosos reconocidos oficialmente a la fecha; pero, al menos 83 que son del dominio público. En los primeros 15 días de 2026, Michoacán encabezó la lista nacional con 4 policías asesinados.
¿En qué nos estamos convirtiendo como sociedad? ¿Por qué percibimos la muerte tan lejana cuando está tan cerca? ¿Por qué necesitamos que una víctima sea un «líder limonero» o un «alcalde» para indignarnos, pero nos encogemos de hombros ante una familia de intérpretes?
Como diría Hannah Arendt al analizar el totalitarismo y la Shoah, se está banalizando el mal. En Michoacán se está banalizando la muerte.
No es solo que matemos. Es que ya no nos duele. Es que ya no nos sorprende. Es que ya tenemos la respuesta automática: «andaban en algo». Es que necesitamos el espectáculo de la captura del villano para sentirnos seguros, aunque mañana haya otro «Bótox» y otra familia calcinada.
La banalización feudal de la muerte significa que los señores —criminales y gubernamentales por igual— se han apropiado de nuestra capacidad de indignación, de nuestro dolor y de nuestra memoria. Han convertido cada asesinato en su propiedad: los criminales la usan para aterrorizar; los gobiernos la usan para justificar presupuestos, planes y «carpetas de investigación» que nunca se cierran.
Un llamado urgente a la acción
Lo primero que se debe hacer es reconocer la realidad con la mayor honestidad posible y dejar de banalizar la muerte en la entidad.
Pero reconocer no es suficiente. Necesitamos:
Exigir justicia: El caso de Víctor, Anayeli y Megan no puede quedar impune. No puede ser una carpeta más. Necesitamos nombres de responsables, procesos y sentencias. Tenemos derecho a la verdad.
Romper el ciclo de la amnesia mediática: No permitamos que la siguiente captura espectacular borre la memoria de las víctimas.
Cuestionar la narrativa oficial: Cuando el gobierno presuma cifras a la baja, preguntemos por las 83 muertes de lo que va de enero. Cuando celebren una detención, preguntemos por las investigaciones inconclusas.
Ejercer el poder de los sin poder. Debemos de quitar los letreros de apoyo en la verdulería, como nos llamó a hacerlo Mark Carney, Primer Ministro de Canadá en su reciente intervención en el Foro de Davos, Suiza, usando la famosa anécdota de Václav Havel, activista checo en “el poder de los sin poder”.
Dignificar a cada víctima: Ni un solo «andaban en malos pasos» más. Cada persona asesinada merece justicia, jamás revictimización.
Construir memoria colectiva: Documenten. Escriban. Fotografíen. No permitan que el olvido sea cómplice del crimen.
Involucrarnos activamente: La seguridad no es solo responsabilidad del gobierno. Exijamos rendición de cuentas. Organicémonos. Dejemos de ser espectadores pasivos de nuestra propia tragedia.
Hoy, 24 de enero, es el Día Internacional de la Educación. Víctor y Anayeli eran educadores, no solamente por ser profesionistas egresados del IMCED, sino en el sentido más profundo: enseñaban a una sociedad a incluir, a escuchar y a dignificar a quienes usualmente son invisibles. Su hija Megan tenía toda una vida por delante para aprender y aportar.
Los mataron. Los quemaron. Y casi lograron que los olvidáramos en menos de una semana.
Si permitimos que eso suceda, si dejamos que «El Bótox» y sus capturas espectaculares sigan siendo más importantes que las víctimas “cotidianas”, si seguimos repitiendo «andaban en algo» para tranquilizar nuestras conciencias, entonces ya no solo estaremos banalizando la muerte:
Estaremos banalizando nuestra propia humanidad.
Y en ese momento, los señores feudales —tanto los del crimen como los del poder— habrán ganado por completo. Nos habrán convertido en sus posesiones. En cosas banales que ya no sienten, no cuestionan, ni recuerdan. Que sí votan, que sí aplauden y que sí callan.
Michoacán merece justicia, paz y desarrollo. No más silencio, olvido ni banalización.
Justicia para Víctor, Anayeli y Megan. Justicia para Michoacán.


