DÍA DE MUERTOS

En Michoacán permanecen arraigadas algunas tradiciones investidas de historias y rituales que mantienen su vigencia, son parte de una identidad, trazos de una cultura singular que da santo y seña de los pasados que no se marchan, porque aquí se quedaron.

Una de las estampas multicolores en estas fechas en la entidad michoacana es la del Día de Muertos, amalgama cultural que describe una composición única por su significación, fuentes, leyendas y raíces.

El Día de Muertos es en la cultura purépecha celebración de vida. Ello se registra, principalmente, en la zona Lacustre, esto es en los pueblos alrededor del lago de Pátzcuaro, ahí se pueden conocer las raíces de una cultura que mantiene su vigencia y se manifiestan con sacro simbolismo que encierra una enseñanza vital a través de la muerte misma.

 Evidentemente, para la mayoría de nosotros, tanto en las culturas occidentales, así como aquellas que se ubican en puntos geográficos distantes, nuestros muertos no han desparecido, sino que su espíritu se ha trasladado a otra dimensión existencial donde continuarán un proceso evolutivo cuyo misterio se encierra en la infinitud del universo.

 Los lazos terrenos se manifiestan a través de la fuerza mayor del universo: el amor. En la Meseta Purépecha, la zona Lacustre –Pátzcuaro- regiones significativas de Michoacán, las raíces purépechas son evidentes en la celebración del Día de Muertos, una festividad pagano- religiosa, ya se incluyen ahí elementos de las tradiciones y religiones vigentes en nuestra patria desde antes de la llegada de los españoles, hasta la actualidad.

 En las zonas indígenas permanece con honda raigambre la memoria colectiva, donde se encuentran las vertientes singulares de una celebración que festeja la vida más allá de la muerte. Para nuestros antepasados la vida se medía por instantes de luz y todo lo existente era parte de una dinámica que giraba alrededor de un orden universal. De acuerdo a la filosofía de los pueblos americanos, la muerte no es más que una prolongación de la vida.

 En las últimas décadas, estas actividades de larga data han adquirido un gran vigor en Michoacán, los altares, calaveritas, los rituales y toda la gama de colores impregnados de sincretismo están presentes.

Para los pueblos originarios la muerte es eternidad. En el pueblo michoacano, para sus habitantes, no hay separación de cuerpos y almas. En esta cultura la muerte se concebía no como una fuerza natural y salvaje- como en la occidental, sino como un elemento de la realidad social.

El universo de los purépechas estaba formado por tres partes: el cielo (auándaro)- la tierra (echerendo)- y el mundo de los muertos (cumiechúcuaro ó uarichao) respecto a las ofrendas, generalmente se preparan alimentos tradicionales para esperar a las “ánimas” o difuntos en sus hogares y/o en el panteón. En el caso de los niños muertos, se monta un altar en su casa, sobre todo el primer año de fallecido el infante, en el altar se colocan alimentos, dulces, frutas y juguetes. Las tradiciones son un cemento que une y proyectan un sello característico de identidad que goza de cabal salud.

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